Érase una vez una Estrella

Érase una vez una Estrella que vivía en la Tierra.
Un día del año 2011 fuimos a visitarla y en lugar de concedernos un deseo, nos pidió que la acompañáramos a cumplir uno propio: Visitar El Museo Nacional de Escultura de Valladolid para ver la exposición de madera policromada.
Y allí fuimos y vimos cómo las manos de los humanos transformaron en arte la madera de los árboles caídos.
Como en casi todos los lugares como este, había una pequeña tienda de regalos donde compré el lápiz de madera con gatos pintados y la goma que nunca borraría nada y mucho menos el recuerdo de aquella visita guiada por la Estrella que vivía en la Tierra

estrella


y que ahora nos mira desde el cielo, por siempre jamás.

Los cuentos de la vida real también tienen un final, a veces antes de lo esperado.
Estas dos cosas de gatos inanimados se convirtieron en recuerdos de momentos inolvidables y cada vez que los miro y los tengo en las manos, me vienen a la memoria sensaciones de colores y de olores a madera, a barniz, a tiempo, ese que tantas veces no aprovechamos pensando que es un finito infinito.

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